jueves, 1 de octubre de 2015



La canción comenzó con un estridente mi menor, pasando rápidamente a su relativa mayor (sol mayor) para luego desenvolverse en una melodía muy contradictoria, no podías decir si se trataba de una melodía alegre o de una melancólica, si uno conocía la letra de la canción de la que provenía entendería el porqué de esta dualidad; se trataba de la confesión de una chica que no sabía lo que sentía, en ocasiones se sentía feliz, pero luego muy angustiada, ella sabe porque y cuando lo confiesa mero en el estribillo uno no sabe si lo hace como reproche o como agradecimiento, pero antes de llegar ahí la melodía es igual de deliciosa. Muy juguetona en los primeros compases, muy dubitativa en los subsecuentes, con el piano reemplazando las trompetas se acentuaba lo lastimero del trasfondo, y te hacía añorar más de ese sentimiento, que te hacía sufrir, pero al mismo tiempo te colmaba de dicha; las cadencias se anunciaban, llegaron y se repetían, el coro era inminente, y finalmente llegó; la forma en la que se jugaba con la melodía era para arrancarse los cabellos con las manos, pasaba de mi menor a sol mayor a cada rato ¿qué diablos quería expresar?, ¿era alegría?, ¿era tristeza?, ¡¿cómo diablos te sientes?! ¡DECÍDETE!, ¡ambas emociones quieren filtrarse en mi corazón, ninguno cabe y como resultado experimento una sofocante mezcla de ambos! El fragmento termina con una frase que formula una clase de deseo, y luego vienen varias cadencias que celebran este acto; la canción termina, se toca el terminante acorde resolutivo, pero realmente no se resolvió nada, ninguna emoción predominó y terminas deseando más, no que una triunfe sobre la otra, simplemente saborear más de esa lucha hasta donde tu vida te permita hacerlo.

sábado, 26 de septiembre de 2015



Fausto avanzó unos pasos (dejando atrás por una corta distancia a Patricia) para alcanzar su mochila, buscaba otro dulce de mantequilla para ofrecérselo, al encontrarlo ella lo abrazó por la espalda. No tenía mucha experiencia con los abrazos, las veces recibía uno se quedaba inmóvil y no lo correspondía, no se sentía autorizado para hacerlo, esto daba la impresión a la gente de que no le gustaban y evitaban hacerlo; por suerte esta vez no tenía que preocuparse por eso, no había forma de que pudiera regresarle el abrazo. Patricia no lo soltaba y comenzaba a preocuparse de que su espalda sudara (y la impregnara con su secreción) como consecuencia del intercambio de calor.
–Eres muy gentil –espetole ella–.
–Gracias –contestó con sinceridad él–.
–Aunque no lo parezca, te preocupas por las personas y buscas hacerles bien aunque no te simpaticen –Fausto se azoró un poco con esa declaración, precisamente porque estaba en lo cierto–, deberías estar rodeado de amigos, la gente debería amarte, ¿por qué siempre estás tan solo?
Nunca nadie había caído en la cuenta, una vez Fausto lloró por eso, se había preguntado: “¿por qué nadie puede darse cuenta de lo que hago por ellos?, ¿por qué no puedo encontrarme con alguien que quiera ser tan considerado conmigo como yo con ella?”, ella no pudo verla, pero la sonrisa de Fausto era radiante.
–Así estoy bien, me sofoca estar rodeado de personas, no puedo convivir en un ambiente donde se hacen tantos intercambios de opiniones, pero me hace muy feliz que lo notaras.
–¿Puedo preguntarte algo?
–Sí, adelante.
–¿Por qué me besaste esa vez?

viernes, 18 de septiembre de 2015



Fausto miró fijamente a Patricia, le sujetó los cachetes con una sola mano, la acercó rápidamente a él e introdujo sus labios en la cavidad que se había formado en su boca. En los instantes que duró el beso Fausto elucubraba en lo sensibles que son los labios, ¿era posible que tuvieran tanto sentido del tacto como las manos?, no, seguro tenían más, con ellos se podrían palpar las cosas mucho mejor que con los dedos; fue chistoso comprobar cómo se sentían los labios usando precisamente los labios, eran muy suaves, tanto que era como recostarse verticalmente en un muro de nubes, lo que predominaba en sus sentidos después de esa sensación era el dulce aroma del rostro de Patricia, ¿por qué las chicas siempre huelen bien?, honestamente, podría acostumbrarse a eso, finalmente estaba el intercambio de calor entre sus rostros, era evidente que el suyo estaba más frío que el de ella, Fausto se preguntaba cuánto tiempo tomaría que sus cuerpos entraran en equilibrio térmico manteniéndose en contacto sólo de esa forma. No te tenía mucha experiencia besando, podía saberlo cuando llegó a sentir los incisivos de la joven.

viernes, 4 de septiembre de 2015

–No deberías juntarte con Ana.
–¿Por qué no? –cuestionole extrañamente serena–.
–Es una chica embustera y concupiscente, se place en llamar la atención y se vale para eso de contar historias inventadas que vanaglorian su imagen.
–Lo sé –dijo igual de impávida–.
–Bueno –masculló resignado–, no digas luego que no te advertí.
–Ella también se pasó de la tarde a la mañana en este período, ¿sabes por qué?
–Por lo mismo, perdió a todos sus amigos y dejaron de confiar en ella, la verdad es que seguramente le pasa todo el tiempo; a pesar de tener como 23 años apenas está cursando el tercer semestre de la carrera, seguramente se vio obligada a renunciar a un par de carreras antes de venir aquí (pequeño suspiro burlón), debió estar desesperada para matricular en esta facultad.
Fausto tropezó: Patricia le acababa de poner el pie, el acto fue tan preciso que el chico cayó de bruces al suelo (desde los últimos escalones) apenas pudiendo amortiguar su caída con los brazos (raspándose los codos en el proceso).
–Hablar así de las personas a sus espaldas no es cortés –objetole Patricia completamente calmada–.
Fausto se enardeció, “todavía que le doy un consejo se me pone”, le irritaba sobremanera que la gente lo tratara de esa forma, en el pasado odiaba a los compañeros de clase que le tomaban el hombro mientras le hablaban, o se comían grandes porciones de sus tortas cuando les convidaba, su desdén hacia ellos era tal que permanecía impasible cuando trataban de hacerle bullying, simplemente le irritaban tanto esas situaciones que no se movía, no valía la pena perder el tiempo con acciones banales, defenderse de la agresión era como rebajarse al nivel (humano) de los idiotas que le hacían eso; una vez un sujeto le detuvo el paso cuando trataba de bajar las escaleras al salir de receso, Fausto le pidió que se apartara pero claro que no lo hizo, la manera de insistir de Fausto fue majestuosa: sencillamente se quedó parado ahí viendo el piso esperando que Efraín (así se llamaba) se cansara de obstruirle el camino, pero su plan no salió como esperaba; el mastodonte trató de arrebatarle el libro que llevaba en la mano, pero Fausto lo atajó, “Suéltalo”, “No”, no podía permitir que aquél cerdo manoseara la novela de Hesse que leía en ese entonces, el ente biológico tiró de él con fuerza, esperando podérselo arrebatar, pero Fausto realmente no soltó el libro, como resultado, fue arrojado a las escaleras y rodó sobre ellas dándose una tunda magistral, poniéndolo en términos que Fausto prefería referirse: se partió toda su madre (cosa que sí había valido la pena, el libro había resbalado de los dedos de Efraín), se terminó armando un show, llevaron a agresor y agredido a la dirección y los regañaron por igual, el director parecía más enojado con Fausto: el desprecio que irradiaba era como una provocación a su persona, “mírame a la cara cuando te hablo”, en cuanto el chico atendió el director pudo ver todos sus raspones y la hinchazón de su rostro, causando una contrariedad en su fuero interno. De todo eso se acordó Fausto mientras se levantaba del suelo, no quería saber nada más de Patricia en lo que quedaba del día.
–Entonces –vocifero Estrada–, ¿alguien pudo con el ejercicio?
Fausto esperó a que alguien alzara la mano, al ver que no ocurría la levantó él y paso al pizarrón (el profesor le caía demasiado bien como para dejarlo con la palabra en la boca), escribió una matriz con negro y dio una explicación acerca de lo que significaba, cuando había abordado el problema en casa no había podido resolverlo de la manera que quería y lo pseudo-solucionó con una explicación algo fofa.
–Bien, ¿están de acuerdo con su compañero? –preguntó el profe mientras Fausto tomaba asiento–.
–Yo lo resolví de otra forma, ¿puedo pasar? –pidiole Patricia–.
–Adelante –autorizole desde su asiento tras su escritorio–.
La chica sacó de su bolso un plumón rosa y comenzó a anotar en el pizarrón. Por muy enojado que Fausto estuviera con ella, no podía evitar notar que no se había llevado su libreta consigo, lo que sea que estuviera a punto de escribir lo tenía tan bien comprendido que no necesitaba guiarse para anotarlo; después casi olvidó lo que le había hecho en cuando escribió el símbolo que significaba “por demostrar”, el enunciado se leía de la siguiente manera:
Por demostrar que dados dos vectores en R3, éstos no pueden generar a R3, supongamos que sí (y busquemos una contradicción). Sean v1, v2 dichos vectores, y v3 el producto cruz de… (¡El producto cruz!, ¡eso era exactamente lo que él tenía planeado hacer!, ¿acaso ella sí había podido llegar a algo?) v1 y v2, entonces existen k1 y k2 tales que k1v1 + k2v2 = v3 (comprender el asunto era fácil, v3, al ser el producto cruz de v1 y v2 era perpendicular a ellos, así que no había forma alguna de que pudieran llegar a él aún con la infinidad de posibles combinaciones mutuas, ¿cómo iba a hacerlo ver?). Después asignó componentes ( (a1,b1,c1) para v1, lo mismo para v2 y v3) a cada vector y armó el sistema correspondiente, se trataban de tres ecuaciones con dos incógnitas (lo que realmente funcionaba eran tres ecuaciones con tres incógnitas), luego despejó k1 y k2 de las ecuaciones 1 y 2, el resultado lo sustituyó en 3 y de ahí simplificó (esta labor abarcó la mayor parte del pizarrón, opacando la anotación que previamente había hecho Fausto y que Patricia no quiso borrar), el resultado fue algo revelador: v3^2 = 2b3^2, una sola componente del vector era igual a la magnitud del vector completo, Fausto buscó la contradicción ahí, pero no la halló. Patricia escribió “análogamente se obtiene…” ¡Claro!, despejando 1 y 3, y sustituyendo en 2 y luego hacerlo con 2, 3 y 1 se obtenían las igualdades análogas: v3^2 = 2a3^2 y v3^2 = 2c3^2.
Fausto apenas ahogó el grito de rabia que se había formado en sus garganta, ¡ahí estaba la contradicción!, si se sumaban las tres igualdades y se usaba el hecho de que a3^2 + b3^2 + c3^2 = v3^2 se obtenía 2 = 3, Patricia acababa de demostrar lo que él había pensado pero no había podido lograr, y no sólo eso, lo había hecho con tanta elegancia y le había quedado tan bien, con su letra de mujer tan bonita (y encima con un color tan llamativo como el rosa) y su lógica tan bien fundamentada que dejaba su argumento en negro totalmente en ridículo, tanto que había preferido que lo borrase. Fausto acababa de ser doblegado, avasallado, humillado y sobretodo derrotado por la chica que más odiaba en esos momentos, claro que era tan introvertido que nadie se percató de estos pensamientos.
–Muy bien…
El profesor elogió la demostración de Patricia, para luego decir que el desafío era hallar la forma más simple de hacerlo, pero no importaba, esa niña ya lo había demostrado (y sin ver sus apuntes) ella sola, un logro del cual (al menos para Fausto) era digna de sentirse orgullosa.

miércoles, 26 de agosto de 2015



Fausto esperaba en la parada, todavía no salía el sol, las corrientes de aire frío rozaban sus miembros y el que respiraba se dejaba sentir por toda su tráquea; no sacaba las manos de los bolsillos, no le gustaba tener las manos frías, era algo que alguien como él no podía soportar, era casi un augurio de mala suerte tener los dedos tiesos. Había transcurrido casi una hora y media desde que se había despertado, le gustaba tener tiempo para desayunar en paz, prepararse de a rápido un pequeño lunch y mirar un ratito la tele, no le gustaba bañarse en las mañanas, siempre lo hacía por las noches, la razón era para no despertar por completo (tampoco encendía más de una luz ni ponía más de una alarma); aun estando en el exterior, de pie en el rígido concreto y con ganas de sentarse, no había despertado por completo, era igual que estar en una noche de invierno sentado en su sillón cubierto con la más cómoda y cálida de sus cobijas tomando café caliente sopeando un pan de dulce mientras dejaba encendida la tele para verla mas no observarla; el sopor se producía con el frío casi con la misma facilidad que con la calidez, aunque se trataba de otro tipo de sopor, era un especie de anhelo timorato, como desear la quietud de la muerte, y mientras ninguna distracción lo acosara, Fausto podía abstraerse en sus pensamientos para siempre (sí, podría seguir así por la eternidad si fuera posible que nadie le hablara, ni saliera nunca el sol, ni le diera hambre y sed); por fin pasó el STU. Entró. Tomó asiento. Por fin. Si puede haber un lugar mejor para dormir que en la cama, seguramente sería en los asientos del STU, no de otro transporte, del STU, en cualquier otro lo atormentaría el miedo de que lo asaltaran o lo bolsearan mientras se quedaba jetón, aquí sólo habían universitarios, todos gente lo suficientemente autorrealizada para no necesitar robar y lo suficientemente maduros para no hacerlo porque sí; a medida que el camión arrancaba, sus ligeras sacudidas provocadas por pasar sobre las irregularidades del camino mecían dulcemente a Fausto, pero antes de dormirse, sacó sus audífonos de su mochila, el cable auxiliar de su estuche de lentes (se trataban de unos audífonos de diadema que necesitaban uno de esos), y se los puso (luego de guardar sus lentes en su estuche dentro de su mochila), los conectó a su celular, entró a la lista de reproducción, y le dio play, las canciones continuaron donde se habían quedado el día anterior; la música de Fausto no pasaba de los dos gigas, la verdad era que él nunca tuvo problemas para elegirla, debido a que nunca tuvo que hacerlo: siempre que en alguna serie escuchaba una canción particularmente agradable la descargaba cuando ya se había encariñado con ella, así no se aburría jamás. Nunca se daba cuenta cuando caía dormido, tampoco notaba cuando se despertaba, pero casi siempre lo hacía a tiempo para espabilar (aún si se pasaba, nunca era por más de una parada, y en caso de que llegara a acaecerle tampoco había problema, no podía llegar muy lejos dentro de C.U.), entonces le ponía pausa a la reproducción, se quitaba los audífonos, desconectaba el cable de ambos extremos y lo guardaba en el bolsillo de su chamarra (que después se la ataba a la cintura); esperaba hasta llegar al salón para volver a ponerse los lentes, quería que la esperanza del sueño le durara un poco más.