sábado, 26 de septiembre de 2015



Fausto avanzó unos pasos (dejando atrás por una corta distancia a Patricia) para alcanzar su mochila, buscaba otro dulce de mantequilla para ofrecérselo, al encontrarlo ella lo abrazó por la espalda. No tenía mucha experiencia con los abrazos, las veces recibía uno se quedaba inmóvil y no lo correspondía, no se sentía autorizado para hacerlo, esto daba la impresión a la gente de que no le gustaban y evitaban hacerlo; por suerte esta vez no tenía que preocuparse por eso, no había forma de que pudiera regresarle el abrazo. Patricia no lo soltaba y comenzaba a preocuparse de que su espalda sudara (y la impregnara con su secreción) como consecuencia del intercambio de calor.
–Eres muy gentil –espetole ella–.
–Gracias –contestó con sinceridad él–.
–Aunque no lo parezca, te preocupas por las personas y buscas hacerles bien aunque no te simpaticen –Fausto se azoró un poco con esa declaración, precisamente porque estaba en lo cierto–, deberías estar rodeado de amigos, la gente debería amarte, ¿por qué siempre estás tan solo?
Nunca nadie había caído en la cuenta, una vez Fausto lloró por eso, se había preguntado: “¿por qué nadie puede darse cuenta de lo que hago por ellos?, ¿por qué no puedo encontrarme con alguien que quiera ser tan considerado conmigo como yo con ella?”, ella no pudo verla, pero la sonrisa de Fausto era radiante.
–Así estoy bien, me sofoca estar rodeado de personas, no puedo convivir en un ambiente donde se hacen tantos intercambios de opiniones, pero me hace muy feliz que lo notaras.
–¿Puedo preguntarte algo?
–Sí, adelante.
–¿Por qué me besaste esa vez?

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