viernes, 4 de septiembre de 2015

–No deberías juntarte con Ana.
–¿Por qué no? –cuestionole extrañamente serena–.
–Es una chica embustera y concupiscente, se place en llamar la atención y se vale para eso de contar historias inventadas que vanaglorian su imagen.
–Lo sé –dijo igual de impávida–.
–Bueno –masculló resignado–, no digas luego que no te advertí.
–Ella también se pasó de la tarde a la mañana en este período, ¿sabes por qué?
–Por lo mismo, perdió a todos sus amigos y dejaron de confiar en ella, la verdad es que seguramente le pasa todo el tiempo; a pesar de tener como 23 años apenas está cursando el tercer semestre de la carrera, seguramente se vio obligada a renunciar a un par de carreras antes de venir aquí (pequeño suspiro burlón), debió estar desesperada para matricular en esta facultad.
Fausto tropezó: Patricia le acababa de poner el pie, el acto fue tan preciso que el chico cayó de bruces al suelo (desde los últimos escalones) apenas pudiendo amortiguar su caída con los brazos (raspándose los codos en el proceso).
–Hablar así de las personas a sus espaldas no es cortés –objetole Patricia completamente calmada–.
Fausto se enardeció, “todavía que le doy un consejo se me pone”, le irritaba sobremanera que la gente lo tratara de esa forma, en el pasado odiaba a los compañeros de clase que le tomaban el hombro mientras le hablaban, o se comían grandes porciones de sus tortas cuando les convidaba, su desdén hacia ellos era tal que permanecía impasible cuando trataban de hacerle bullying, simplemente le irritaban tanto esas situaciones que no se movía, no valía la pena perder el tiempo con acciones banales, defenderse de la agresión era como rebajarse al nivel (humano) de los idiotas que le hacían eso; una vez un sujeto le detuvo el paso cuando trataba de bajar las escaleras al salir de receso, Fausto le pidió que se apartara pero claro que no lo hizo, la manera de insistir de Fausto fue majestuosa: sencillamente se quedó parado ahí viendo el piso esperando que Efraín (así se llamaba) se cansara de obstruirle el camino, pero su plan no salió como esperaba; el mastodonte trató de arrebatarle el libro que llevaba en la mano, pero Fausto lo atajó, “Suéltalo”, “No”, no podía permitir que aquél cerdo manoseara la novela de Hesse que leía en ese entonces, el ente biológico tiró de él con fuerza, esperando podérselo arrebatar, pero Fausto realmente no soltó el libro, como resultado, fue arrojado a las escaleras y rodó sobre ellas dándose una tunda magistral, poniéndolo en términos que Fausto prefería referirse: se partió toda su madre (cosa que sí había valido la pena, el libro había resbalado de los dedos de Efraín), se terminó armando un show, llevaron a agresor y agredido a la dirección y los regañaron por igual, el director parecía más enojado con Fausto: el desprecio que irradiaba era como una provocación a su persona, “mírame a la cara cuando te hablo”, en cuanto el chico atendió el director pudo ver todos sus raspones y la hinchazón de su rostro, causando una contrariedad en su fuero interno. De todo eso se acordó Fausto mientras se levantaba del suelo, no quería saber nada más de Patricia en lo que quedaba del día.
–Entonces –vocifero Estrada–, ¿alguien pudo con el ejercicio?
Fausto esperó a que alguien alzara la mano, al ver que no ocurría la levantó él y paso al pizarrón (el profesor le caía demasiado bien como para dejarlo con la palabra en la boca), escribió una matriz con negro y dio una explicación acerca de lo que significaba, cuando había abordado el problema en casa no había podido resolverlo de la manera que quería y lo pseudo-solucionó con una explicación algo fofa.
–Bien, ¿están de acuerdo con su compañero? –preguntó el profe mientras Fausto tomaba asiento–.
–Yo lo resolví de otra forma, ¿puedo pasar? –pidiole Patricia–.
–Adelante –autorizole desde su asiento tras su escritorio–.
La chica sacó de su bolso un plumón rosa y comenzó a anotar en el pizarrón. Por muy enojado que Fausto estuviera con ella, no podía evitar notar que no se había llevado su libreta consigo, lo que sea que estuviera a punto de escribir lo tenía tan bien comprendido que no necesitaba guiarse para anotarlo; después casi olvidó lo que le había hecho en cuando escribió el símbolo que significaba “por demostrar”, el enunciado se leía de la siguiente manera:
Por demostrar que dados dos vectores en R3, éstos no pueden generar a R3, supongamos que sí (y busquemos una contradicción). Sean v1, v2 dichos vectores, y v3 el producto cruz de… (¡El producto cruz!, ¡eso era exactamente lo que él tenía planeado hacer!, ¿acaso ella sí había podido llegar a algo?) v1 y v2, entonces existen k1 y k2 tales que k1v1 + k2v2 = v3 (comprender el asunto era fácil, v3, al ser el producto cruz de v1 y v2 era perpendicular a ellos, así que no había forma alguna de que pudieran llegar a él aún con la infinidad de posibles combinaciones mutuas, ¿cómo iba a hacerlo ver?). Después asignó componentes ( (a1,b1,c1) para v1, lo mismo para v2 y v3) a cada vector y armó el sistema correspondiente, se trataban de tres ecuaciones con dos incógnitas (lo que realmente funcionaba eran tres ecuaciones con tres incógnitas), luego despejó k1 y k2 de las ecuaciones 1 y 2, el resultado lo sustituyó en 3 y de ahí simplificó (esta labor abarcó la mayor parte del pizarrón, opacando la anotación que previamente había hecho Fausto y que Patricia no quiso borrar), el resultado fue algo revelador: v3^2 = 2b3^2, una sola componente del vector era igual a la magnitud del vector completo, Fausto buscó la contradicción ahí, pero no la halló. Patricia escribió “análogamente se obtiene…” ¡Claro!, despejando 1 y 3, y sustituyendo en 2 y luego hacerlo con 2, 3 y 1 se obtenían las igualdades análogas: v3^2 = 2a3^2 y v3^2 = 2c3^2.
Fausto apenas ahogó el grito de rabia que se había formado en sus garganta, ¡ahí estaba la contradicción!, si se sumaban las tres igualdades y se usaba el hecho de que a3^2 + b3^2 + c3^2 = v3^2 se obtenía 2 = 3, Patricia acababa de demostrar lo que él había pensado pero no había podido lograr, y no sólo eso, lo había hecho con tanta elegancia y le había quedado tan bien, con su letra de mujer tan bonita (y encima con un color tan llamativo como el rosa) y su lógica tan bien fundamentada que dejaba su argumento en negro totalmente en ridículo, tanto que había preferido que lo borrase. Fausto acababa de ser doblegado, avasallado, humillado y sobretodo derrotado por la chica que más odiaba en esos momentos, claro que era tan introvertido que nadie se percató de estos pensamientos.
–Muy bien…
El profesor elogió la demostración de Patricia, para luego decir que el desafío era hallar la forma más simple de hacerlo, pero no importaba, esa niña ya lo había demostrado (y sin ver sus apuntes) ella sola, un logro del cual (al menos para Fausto) era digna de sentirse orgullosa.

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