–No deberías juntarte con Ana.
–¿Por qué no? –cuestionole extrañamente
serena–.
–Es una chica embustera y
concupiscente, se place en llamar la atención y se vale para eso de contar
historias inventadas que vanaglorian su imagen.
–Lo sé –dijo igual de impávida–.
–Bueno –masculló resignado–, no digas
luego que no te advertí.
–Ella también se pasó de la tarde a la
mañana en este período, ¿sabes por qué?
–Por lo mismo, perdió a todos sus
amigos y dejaron de confiar en ella, la verdad es que seguramente le pasa todo
el tiempo; a pesar de tener como 23 años apenas está cursando el tercer
semestre de la carrera, seguramente se vio obligada a renunciar a un par de
carreras antes de venir aquí (pequeño suspiro burlón), debió estar desesperada
para matricular en esta facultad.
Fausto tropezó: Patricia le acababa de
poner el pie, el acto fue tan preciso que el chico cayó de bruces al suelo (desde
los últimos escalones) apenas pudiendo amortiguar su caída con los brazos
(raspándose los codos en el proceso).
–Hablar así de las personas a sus
espaldas no es cortés –objetole Patricia completamente calmada–.
Fausto se enardeció, “todavía que le
doy un consejo se me pone”, le irritaba sobremanera que la gente lo tratara de
esa forma, en el pasado odiaba a los compañeros de clase que le tomaban el
hombro mientras le hablaban, o se comían grandes porciones de sus tortas cuando
les convidaba, su desdén hacia ellos era tal que permanecía impasible cuando
trataban de hacerle bullying, simplemente le irritaban tanto esas situaciones
que no se movía, no valía la pena perder el tiempo con acciones banales,
defenderse de la agresión era como rebajarse al nivel (humano) de los idiotas
que le hacían eso; una vez un sujeto le detuvo el paso cuando trataba de bajar
las escaleras al salir de receso, Fausto le pidió que se apartara pero claro
que no lo hizo, la manera de insistir de Fausto fue majestuosa: sencillamente
se quedó parado ahí viendo el piso esperando que Efraín (así se llamaba) se
cansara de obstruirle el camino, pero su plan no salió como esperaba; el
mastodonte trató de arrebatarle el libro que llevaba en la mano, pero Fausto lo
atajó, “Suéltalo”, “No”, no podía permitir que aquél cerdo manoseara la novela
de Hesse que leía en ese entonces, el ente biológico tiró de él con fuerza,
esperando podérselo arrebatar, pero Fausto realmente no soltó el libro, como
resultado, fue arrojado a las escaleras y rodó sobre ellas dándose una tunda
magistral, poniéndolo en términos que Fausto prefería referirse: se partió toda
su madre (cosa que sí había valido la pena, el libro había resbalado de los
dedos de Efraín), se terminó armando un show, llevaron a agresor y agredido a
la dirección y los regañaron por igual, el director parecía más enojado con
Fausto: el desprecio que irradiaba era como una provocación a su persona, “mírame
a la cara cuando te hablo”, en cuanto el chico atendió el director pudo ver
todos sus raspones y la hinchazón de su rostro, causando una contrariedad en su
fuero interno. De todo eso se acordó Fausto mientras se levantaba del suelo, no
quería saber nada más de Patricia en lo que quedaba del día.
–Entonces –vocifero Estrada–, ¿alguien
pudo con el ejercicio?
Fausto esperó a que alguien alzara la
mano, al ver que no ocurría la levantó él y paso al pizarrón (el profesor le
caía demasiado bien como para dejarlo con la palabra en la boca), escribió una
matriz con negro y dio una explicación acerca de lo que significaba, cuando
había abordado el problema en casa no había podido resolverlo de la manera que
quería y lo pseudo-solucionó con una explicación algo fofa.
–Bien, ¿están de acuerdo con su
compañero? –preguntó el profe mientras Fausto tomaba asiento–.
–Yo lo resolví de otra forma, ¿puedo
pasar? –pidiole Patricia–.
–Adelante –autorizole desde su asiento
tras su escritorio–.
La chica sacó de su bolso un plumón
rosa y comenzó a anotar en el pizarrón. Por muy enojado que Fausto estuviera
con ella, no podía evitar notar que no se había llevado su libreta consigo, lo
que sea que estuviera a punto de escribir lo tenía tan bien comprendido que no
necesitaba guiarse para anotarlo; después casi olvidó lo que le había hecho en cuando
escribió el símbolo que significaba “por demostrar”, el enunciado se leía de la
siguiente manera:
Por demostrar que dados dos vectores en
R3, éstos no pueden generar a R3, supongamos que sí (y busquemos una
contradicción). Sean v1, v2 dichos vectores, y v3 el producto cruz de… (¡El producto
cruz!, ¡eso era exactamente lo que él tenía planeado hacer!, ¿acaso ella sí
había podido llegar a algo?) v1 y v2, entonces existen k1 y k2 tales que k1v1 +
k2v2 = v3 (comprender el asunto era fácil, v3, al ser el producto cruz de v1 y
v2 era perpendicular a ellos, así que no había forma alguna de que pudieran
llegar a él aún con la infinidad de posibles combinaciones mutuas, ¿cómo iba a
hacerlo ver?). Después asignó componentes ( (a1,b1,c1) para v1, lo mismo para
v2 y v3) a cada vector y armó el sistema correspondiente, se trataban de tres ecuaciones
con dos incógnitas (lo que realmente funcionaba eran tres ecuaciones con tres
incógnitas), luego despejó k1 y k2 de las ecuaciones 1 y 2, el resultado lo
sustituyó en 3 y de ahí simplificó (esta labor abarcó la mayor parte del
pizarrón, opacando la anotación que previamente había hecho Fausto y que
Patricia no quiso borrar), el resultado fue algo revelador: v3^2 = 2b3^2, una
sola componente del vector era igual a la magnitud del vector completo, Fausto
buscó la contradicción ahí, pero no la halló. Patricia escribió “análogamente
se obtiene…” ¡Claro!, despejando 1 y 3, y sustituyendo en 2 y luego hacerlo con
2, 3 y 1 se obtenían las igualdades análogas: v3^2 = 2a3^2 y v3^2 = 2c3^2.
Fausto apenas ahogó el grito de rabia
que se había formado en sus garganta, ¡ahí estaba la contradicción!, si se
sumaban las tres igualdades y se usaba el hecho de que a3^2 + b3^2 + c3^2 = v3^2
se obtenía 2 = 3, Patricia acababa de demostrar lo que él había pensado pero no
había podido lograr, y no sólo eso, lo había hecho con tanta elegancia y le
había quedado tan bien, con su letra de mujer tan bonita (y encima con un color
tan llamativo como el rosa) y su lógica tan bien fundamentada que dejaba su
argumento en negro totalmente en ridículo, tanto que había preferido que lo
borrase. Fausto acababa de ser doblegado, avasallado, humillado y sobretodo
derrotado por la chica que más odiaba en esos momentos, claro que era tan
introvertido que nadie se percató de estos pensamientos.
–Muy bien…
El profesor elogió la demostración de Patricia, para luego decir que el
desafío era hallar la forma más simple de hacerlo, pero no importaba, esa niña
ya lo había demostrado (y sin ver sus apuntes) ella sola, un logro del cual (al
menos para Fausto) era digna de sentirse orgullosa.
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