La canción comenzó con un estridente mi menor, pasando rápidamente a su
relativa mayor (sol mayor) para luego desenvolverse en una melodía muy
contradictoria, no podías decir si se trataba de una melodía alegre o de una
melancólica, si uno conocía la letra de la canción de la que provenía
entendería el porqué de esta dualidad; se trataba de la confesión de una chica
que no sabía lo que sentía, en ocasiones se sentía feliz, pero luego muy
angustiada, ella sabe porque y cuando lo confiesa mero en el estribillo uno no
sabe si lo hace como reproche o como agradecimiento, pero antes de llegar ahí la
melodía es igual de deliciosa. Muy juguetona en los primeros compases, muy dubitativa
en los subsecuentes, con el piano reemplazando las trompetas se acentuaba lo lastimero
del trasfondo, y te hacía añorar más de ese sentimiento, que te hacía sufrir,
pero al mismo tiempo te colmaba de dicha; las cadencias se anunciaban, llegaron
y se repetían, el coro era inminente, y finalmente llegó; la forma en la que se
jugaba con la melodía era para arrancarse los cabellos con las manos, pasaba de
mi menor a sol mayor a cada rato ¿qué diablos quería expresar?, ¿era alegría?,
¿era tristeza?, ¡¿cómo diablos te sientes?! ¡DECÍDETE!, ¡ambas emociones
quieren filtrarse en mi corazón, ninguno cabe y como resultado experimento una sofocante
mezcla de ambos! El fragmento termina con una frase que formula una clase de
deseo, y luego vienen varias cadencias que celebran este acto; la canción
termina, se toca el terminante acorde resolutivo, pero realmente no se resolvió
nada, ninguna emoción predominó y terminas deseando más, no que una triunfe
sobre la otra, simplemente saborear más de esa lucha hasta donde tu vida te
permita hacerlo.
jueves, 1 de octubre de 2015
sábado, 26 de septiembre de 2015
Fausto avanzó unos pasos (dejando atrás por una corta distancia a
Patricia) para alcanzar su mochila, buscaba otro dulce de mantequilla para
ofrecérselo, al encontrarlo ella lo abrazó por la espalda. No tenía mucha
experiencia con los abrazos, las veces recibía uno se quedaba inmóvil y no lo correspondía,
no se sentía autorizado para hacerlo, esto daba la impresión a la gente de que
no le gustaban y evitaban hacerlo; por suerte esta vez no tenía que preocuparse
por eso, no había forma de que pudiera regresarle el abrazo. Patricia no lo
soltaba y comenzaba a preocuparse de que su espalda sudara (y la impregnara con
su secreción) como consecuencia del intercambio de calor.
–Eres muy gentil –espetole ella–.
–Gracias –contestó con sinceridad él–.
–Aunque no lo parezca, te preocupas por las personas y buscas hacerles
bien aunque no te simpaticen –Fausto se azoró un poco con esa declaración,
precisamente porque estaba en lo cierto–, deberías estar rodeado de amigos, la
gente debería amarte, ¿por qué siempre estás tan solo?
Nunca nadie había caído en la cuenta, una vez Fausto lloró por eso, se
había preguntado: “¿por qué nadie puede darse cuenta de lo que hago por ellos?,
¿por qué no puedo encontrarme con alguien que quiera ser tan considerado
conmigo como yo con ella?”, ella no pudo verla, pero la sonrisa de Fausto era
radiante.
–Así estoy bien, me sofoca estar rodeado de personas, no puedo convivir
en un ambiente donde se hacen tantos intercambios de opiniones, pero me hace
muy feliz que lo notaras.
–¿Puedo preguntarte algo?
–Sí, adelante.
–¿Por qué me besaste esa vez?
viernes, 18 de septiembre de 2015
Fausto miró fijamente a Patricia, le
sujetó los cachetes con una sola mano, la acercó rápidamente a él e introdujo
sus labios en la cavidad que se había formado en su boca. En los instantes que
duró el beso Fausto elucubraba en lo sensibles que son los labios, ¿era posible
que tuvieran tanto sentido del tacto como las manos?, no, seguro tenían más,
con ellos se podrían palpar las cosas mucho mejor que con los dedos; fue
chistoso comprobar cómo se sentían los labios usando precisamente los labios,
eran muy suaves, tanto que era como recostarse verticalmente en un muro de
nubes, lo que predominaba en sus sentidos después de esa sensación era el dulce
aroma del rostro de Patricia, ¿por qué las chicas siempre huelen bien?, honestamente,
podría acostumbrarse a eso, finalmente estaba el intercambio de calor entre sus
rostros, era evidente que el suyo estaba más frío que el de ella, Fausto se
preguntaba cuánto tiempo tomaría que sus cuerpos entraran en equilibrio térmico
manteniéndose en contacto sólo de esa forma. No te tenía mucha experiencia
besando, podía saberlo cuando llegó a sentir los incisivos de la joven.
viernes, 4 de septiembre de 2015
–No deberías juntarte con Ana.
–¿Por qué no? –cuestionole extrañamente
serena–.
–Es una chica embustera y
concupiscente, se place en llamar la atención y se vale para eso de contar
historias inventadas que vanaglorian su imagen.
–Lo sé –dijo igual de impávida–.
–Bueno –masculló resignado–, no digas
luego que no te advertí.
–Ella también se pasó de la tarde a la
mañana en este período, ¿sabes por qué?
–Por lo mismo, perdió a todos sus
amigos y dejaron de confiar en ella, la verdad es que seguramente le pasa todo
el tiempo; a pesar de tener como 23 años apenas está cursando el tercer
semestre de la carrera, seguramente se vio obligada a renunciar a un par de
carreras antes de venir aquí (pequeño suspiro burlón), debió estar desesperada
para matricular en esta facultad.
Fausto tropezó: Patricia le acababa de
poner el pie, el acto fue tan preciso que el chico cayó de bruces al suelo (desde
los últimos escalones) apenas pudiendo amortiguar su caída con los brazos
(raspándose los codos en el proceso).
–Hablar así de las personas a sus
espaldas no es cortés –objetole Patricia completamente calmada–.
Fausto se enardeció, “todavía que le
doy un consejo se me pone”, le irritaba sobremanera que la gente lo tratara de
esa forma, en el pasado odiaba a los compañeros de clase que le tomaban el
hombro mientras le hablaban, o se comían grandes porciones de sus tortas cuando
les convidaba, su desdén hacia ellos era tal que permanecía impasible cuando
trataban de hacerle bullying, simplemente le irritaban tanto esas situaciones
que no se movía, no valía la pena perder el tiempo con acciones banales,
defenderse de la agresión era como rebajarse al nivel (humano) de los idiotas
que le hacían eso; una vez un sujeto le detuvo el paso cuando trataba de bajar
las escaleras al salir de receso, Fausto le pidió que se apartara pero claro
que no lo hizo, la manera de insistir de Fausto fue majestuosa: sencillamente
se quedó parado ahí viendo el piso esperando que Efraín (así se llamaba) se
cansara de obstruirle el camino, pero su plan no salió como esperaba; el
mastodonte trató de arrebatarle el libro que llevaba en la mano, pero Fausto lo
atajó, “Suéltalo”, “No”, no podía permitir que aquél cerdo manoseara la novela
de Hesse que leía en ese entonces, el ente biológico tiró de él con fuerza,
esperando podérselo arrebatar, pero Fausto realmente no soltó el libro, como
resultado, fue arrojado a las escaleras y rodó sobre ellas dándose una tunda
magistral, poniéndolo en términos que Fausto prefería referirse: se partió toda
su madre (cosa que sí había valido la pena, el libro había resbalado de los
dedos de Efraín), se terminó armando un show, llevaron a agresor y agredido a
la dirección y los regañaron por igual, el director parecía más enojado con
Fausto: el desprecio que irradiaba era como una provocación a su persona, “mírame
a la cara cuando te hablo”, en cuanto el chico atendió el director pudo ver
todos sus raspones y la hinchazón de su rostro, causando una contrariedad en su
fuero interno. De todo eso se acordó Fausto mientras se levantaba del suelo, no
quería saber nada más de Patricia en lo que quedaba del día.
–Entonces –vocifero Estrada–, ¿alguien
pudo con el ejercicio?
Fausto esperó a que alguien alzara la
mano, al ver que no ocurría la levantó él y paso al pizarrón (el profesor le
caía demasiado bien como para dejarlo con la palabra en la boca), escribió una
matriz con negro y dio una explicación acerca de lo que significaba, cuando
había abordado el problema en casa no había podido resolverlo de la manera que
quería y lo pseudo-solucionó con una explicación algo fofa.
–Bien, ¿están de acuerdo con su
compañero? –preguntó el profe mientras Fausto tomaba asiento–.
–Yo lo resolví de otra forma, ¿puedo
pasar? –pidiole Patricia–.
–Adelante –autorizole desde su asiento
tras su escritorio–.
La chica sacó de su bolso un plumón
rosa y comenzó a anotar en el pizarrón. Por muy enojado que Fausto estuviera
con ella, no podía evitar notar que no se había llevado su libreta consigo, lo
que sea que estuviera a punto de escribir lo tenía tan bien comprendido que no
necesitaba guiarse para anotarlo; después casi olvidó lo que le había hecho en cuando
escribió el símbolo que significaba “por demostrar”, el enunciado se leía de la
siguiente manera:
Por demostrar que dados dos vectores en
R3, éstos no pueden generar a R3, supongamos que sí (y busquemos una
contradicción). Sean v1, v2 dichos vectores, y v3 el producto cruz de… (¡El producto
cruz!, ¡eso era exactamente lo que él tenía planeado hacer!, ¿acaso ella sí
había podido llegar a algo?) v1 y v2, entonces existen k1 y k2 tales que k1v1 +
k2v2 = v3 (comprender el asunto era fácil, v3, al ser el producto cruz de v1 y
v2 era perpendicular a ellos, así que no había forma alguna de que pudieran
llegar a él aún con la infinidad de posibles combinaciones mutuas, ¿cómo iba a
hacerlo ver?). Después asignó componentes ( (a1,b1,c1) para v1, lo mismo para
v2 y v3) a cada vector y armó el sistema correspondiente, se trataban de tres ecuaciones
con dos incógnitas (lo que realmente funcionaba eran tres ecuaciones con tres
incógnitas), luego despejó k1 y k2 de las ecuaciones 1 y 2, el resultado lo
sustituyó en 3 y de ahí simplificó (esta labor abarcó la mayor parte del
pizarrón, opacando la anotación que previamente había hecho Fausto y que
Patricia no quiso borrar), el resultado fue algo revelador: v3^2 = 2b3^2, una
sola componente del vector era igual a la magnitud del vector completo, Fausto
buscó la contradicción ahí, pero no la halló. Patricia escribió “análogamente
se obtiene…” ¡Claro!, despejando 1 y 3, y sustituyendo en 2 y luego hacerlo con
2, 3 y 1 se obtenían las igualdades análogas: v3^2 = 2a3^2 y v3^2 = 2c3^2.
Fausto apenas ahogó el grito de rabia
que se había formado en sus garganta, ¡ahí estaba la contradicción!, si se
sumaban las tres igualdades y se usaba el hecho de que a3^2 + b3^2 + c3^2 = v3^2
se obtenía 2 = 3, Patricia acababa de demostrar lo que él había pensado pero no
había podido lograr, y no sólo eso, lo había hecho con tanta elegancia y le
había quedado tan bien, con su letra de mujer tan bonita (y encima con un color
tan llamativo como el rosa) y su lógica tan bien fundamentada que dejaba su
argumento en negro totalmente en ridículo, tanto que había preferido que lo
borrase. Fausto acababa de ser doblegado, avasallado, humillado y sobretodo
derrotado por la chica que más odiaba en esos momentos, claro que era tan
introvertido que nadie se percató de estos pensamientos.
–Muy bien…
El profesor elogió la demostración de Patricia, para luego decir que el
desafío era hallar la forma más simple de hacerlo, pero no importaba, esa niña
ya lo había demostrado (y sin ver sus apuntes) ella sola, un logro del cual (al
menos para Fausto) era digna de sentirse orgullosa.miércoles, 26 de agosto de 2015
Fausto esperaba en la parada, todavía no salía el sol, las corrientes
de aire frío rozaban sus miembros y el que respiraba se dejaba sentir por toda
su tráquea; no sacaba las manos de los bolsillos, no le gustaba tener las manos
frías, era algo que alguien como él no podía soportar, era casi un augurio de
mala suerte tener los dedos tiesos. Había transcurrido casi una hora y media
desde que se había despertado, le gustaba tener tiempo para desayunar en paz,
prepararse de a rápido un pequeño lunch y mirar un ratito la tele, no le
gustaba bañarse en las mañanas, siempre lo hacía por las noches, la razón era
para no despertar por completo (tampoco encendía más de una luz ni ponía más de
una alarma); aun estando en el exterior, de pie en el rígido concreto y con
ganas de sentarse, no había despertado por completo, era igual que estar en una
noche de invierno sentado en su sillón cubierto con la más cómoda y cálida de
sus cobijas tomando café caliente sopeando un pan de dulce mientras dejaba
encendida la tele para verla mas no observarla; el sopor se producía con el
frío casi con la misma facilidad que con la calidez, aunque se trataba de otro
tipo de sopor, era un especie de anhelo timorato, como desear la quietud de la
muerte, y mientras ninguna distracción lo acosara, Fausto podía abstraerse en
sus pensamientos para siempre (sí, podría seguir así por la eternidad si fuera
posible que nadie le hablara, ni saliera nunca el sol, ni le diera hambre y
sed); por fin pasó el STU. Entró. Tomó asiento. Por fin. Si puede haber un
lugar mejor para dormir que en la cama, seguramente sería en los asientos del
STU, no de otro transporte, del STU, en cualquier otro lo atormentaría el miedo
de que lo asaltaran o lo bolsearan mientras se quedaba jetón, aquí sólo habían
universitarios, todos gente lo suficientemente autorrealizada para no necesitar
robar y lo suficientemente maduros para no hacerlo porque sí; a medida que el
camión arrancaba, sus ligeras sacudidas provocadas por pasar sobre las
irregularidades del camino mecían dulcemente a Fausto, pero antes de dormirse,
sacó sus audífonos de su mochila, el cable auxiliar de su estuche de lentes (se
trataban de unos audífonos de diadema que necesitaban uno de esos), y se los
puso (luego de guardar sus lentes en su estuche dentro de su mochila), los
conectó a su celular, entró a la lista de reproducción, y le dio play, las
canciones continuaron donde se habían quedado el día anterior; la música de
Fausto no pasaba de los dos gigas, la verdad era que él nunca tuvo problemas
para elegirla, debido a que nunca tuvo que hacerlo: siempre que en alguna serie
escuchaba una canción particularmente agradable la descargaba cuando ya se
había encariñado con ella, así no se aburría jamás. Nunca se daba cuenta cuando
caía dormido, tampoco notaba cuando se despertaba, pero casi siempre lo hacía a
tiempo para espabilar (aún si se pasaba, nunca era por más de una parada, y en
caso de que llegara a acaecerle tampoco había problema, no podía llegar muy
lejos dentro de C.U.), entonces le ponía pausa a la reproducción, se quitaba
los audífonos, desconectaba el cable de ambos extremos y lo guardaba en el
bolsillo de su chamarra (que después se la ataba a la cintura); esperaba hasta
llegar al salón para volver a ponerse los lentes, quería que la esperanza del
sueño le durara un poco más.
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